Viaje al centro de mi madre

Mi mamita lleva en su cuerpo las cicatrices de su extensa vida. Ha conocido a 18 presidentes. ¡Vaya vida! 
Habla poco, nunca fue locuaz, pero basta preguntarle algo para que active su memoria. Pregunta poco, lo justo y lo necesario para saber cómo se encuentra uno. Hay algo de timidez y respeto. 
Se alegró al verme, su abrazo fue sentido, pero suave. La fragilidad de sus huesos no permite fuertes sacudidas. Se sentía frustrada de no poder atender a sus visitas como hubiera querido. Sus manos desfiguradas por el reumatismo no le permiten ni siquiera tomar un lápiz para escribir los cuentos y poesías que tanto le apasionaban. Tampoco puede cocinar, esa actividad tan propia de nuestra madre. Si había un lugar donde ella se sentía útil y al servicio de los demás, era en la cocina. Podía hablar poco, pero sabía transmitir los sabores que nos alegraban la vida. 
Hoy apenas escucha, pese a usar audífonos. Cuando estamos reunidos alrededor de ella, parece desconectada, no sigue la conversación porque no escucha. ¡Qué difícil es la vida cuando se va perdiendo la audición! Es como ver un barco que se aleja del puerto sin poder despedirse. Entonces, hay que hablarle fuerte, mirarla a los ojos para mantener el vínculo, a sabiendas que a veces no dirá nada. 
Se desplaza con alguna dificultad, afirmándose de su bastón con la mano derecha y con la izquierda se apoya de paredes, mesas o sillas. Sin embargo, sigue siendo fuerte. Sube o baja las escaleras, tomada del pasamanos. 
Tiene poca actividad por el reumatismo en sus manos. Sus entretenciones son hacer sopas de letras, pero ya casi no lee. Ve televisión, aunque le cuesta seguir algún programa. Incluso ha dejado de regar las plantas. Es como experimentar un gran desapego a todo. Y claro, cómo no sentirse desmotivada, cuando hace ocho meses el papá se durmió para siempre. Lo echa tanto de menos. Estuvieron sesenta años juntos, fue el amor de toda su vida. Le pregunté, si naciera de nuevo, cómo le gustaría llamarse. Gabriela, me respondió. No necesité preguntarle la razón. 
Un día miramos fotos de su matrimonio. Se acordaba de algunas personas. Hablamos de sus amigas del local donde ella trabajaba. Recordó que luego de su luna de miel, cuando volvió al trabajo, los dueños la habían despedido. Ya no la necesitaban. Así se trataba a los empleados en esa época. Mamá lloró amargamente. 
Escuchar estos retazos de su vida me hicieron pensar en la mujer que hay detrás de la madre. Se me viene a la mente la imagen de una niña querida por sus padres y hermanos, pero donde la palabra era escasa y los gestos abundaban. De niña aprendió de su madre a colaborar en la casa dominada por sus hermanos mayores. Sus juegos consistían en manipular objetos domésticos, corretear animales y aves, poner la mano en la tierra para sembrar y luego recoger. De sus hermanos aprendió que para surgir había que dejar el campo e ir a la ciudad. De allí partió y acá encontró al hombre con quien fundó su hogar. Su recuerdo del campo es alegre en compañía de sus hermanos. Pocas veces habla de sus padres. El silencio es signo de respeto. A ellos no se les preguntaba, se les obedecía. 
Hace tiempo me dijo que se sentía feliz con la vida que ha llevado. Hoy tiene pena de dejar este mundo. La muerte no le provoca miedo. El último domingo que estuve con ella, la invitamos a misa. Al momento de la comunión no sabía si ir o quedarse sentada. Me miró como diciendo: “hace tiempo que no vengo a misa, no sé si puedo”. Fuimos juntos. Una vez sentada se llevó las manos a la cara y se cubrió el rostro. El Evangelio del día hablaba de una mujer que le gritaba a Jesús que tuviera compasión de ella. Su insistencia tuvo su premio. Jesús le respondió: “tu fe te ha salvado”. El testimonio de esta mujer me hizo pensar en mi mamá. Deseo que se prepare para su viaje definitivo. Le propuse rezar juntos diez avemarías y un padre todos los días. Ella allá y yo por acá. Le propuse, además que antes de comenzar dijéramos algún motivo para darle gracias a Dios. Me largó un rosario de razones. Me sentí tranquilo. Es la fe de los sencillos que sabe reconocer lo bueno de la vida. También, pedimos por todos los seres queridos, vivos y difuntos. 
Así es mi mamita. Este fue el viaje más profundo que he tenido a mis orígenes.

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